Enamorarse de alguien es, de por sí, un riesgo. Una fija la mirada en alguien, piensa, planea, establece estrategias para la conquista y se larga como tiburón tras su presa esperando clavar los dientes sobre el hombre que, desde vaya uno a saber cuándo, se convirtió en el hombre de tus sueños.
Claro, vos sos flaca y me vas a decir que no, que en realidad no es así. Que estás acostumbrada a que los tipos te persigan, a que sean ellos los que planean y arman estrategias. Y claro, para vos será así pero, para una gorda, no funciona de la misma manera.
Un hombre, por defecto, nunca va a ir tras una gorda. Su primer impulso va a ser, siempre, ponerla en la zona de amigos porque la gorda no es material de nada, es para amiga. Triste pero cierto. Y es lógico, ¿verdad? ¿O me vas a decir que teniendo la posibilidad de elegir a Brad Pitt te vas a quedar con Toti Ciliberto?
Entonces, una siendo gorda, aprende a aceptar eso y entiende que sus armas de conquista deberán funcionar a potencia máxima para lograr conquistar el amor de nuestro supuesto príncipe. Y así, las gordas, nos pasamos la vida entre amores no correspondidos, hombres que nos quieren muchísimo pero sólo como amigas y frases del estilo "no quiero arruinar la amistad, ¿sabés?".
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